Adormecido por letargos de monumentales eras,
el imponente Valle Sur-Mediterráneo notó que le había crecido una infección en
su estómago que parecía querer extenderse desordenadamente en todas direcciones:
era gris, irregular y emitía un olor pesado a combustión; alcanzó a leer
múltiples carteles minúsculos con el nombre Santiego (o algo así) sobre ella. Las
monótonas e incesantes líneas de puntos oscuros y los pequeños y brillantes cuadrados
metálicos desplazándose ordenadamente en derredor eran inconfundibles… Entre
suspiros profundos se lamentó que nuevamente le salieran humanos. Mientras volvía a caer en sueños de lava y
hielo, pensó que la mancha gris parecía más grande y organizada esta vez,
quizás no bastaría con sacudirla, además tendría que aplicarle un poco de fuego
subterráneo y luego enjuagar con abundante agua fría, esperando terminar con la insistente peste. Decidió hacerlo a primera hora, una vez que sus espigadas columnas
cordilleranas completaran su descanso geológico.

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