miércoles, 10 de febrero de 2016

Cabeza de Chancho




Una tarde, mientras pasaban rápidamente las vacaciones de verano en interminables excursiones en bicicleta por Quilicura, Javier y yo nos impusimos un reto: ir a la cueva del cabeza de chancho solos, de noche y llegar hasta el final de la caverna. Puede no parecer gran cosa ahora pero teníamos alrededor de 10 años, y aunque habíamos entrado un par de veces antes, siempre lo habíamos hecho con nuestro grupo de amigos de la villa, siempre a plena luz del día.

La cueva del cabeza de chancho queda en uno de los faldeos del cordón de cerros que une las comunas de Renca y Quilicura, en Santiago de Chile, específicamente ubicada en una ladera con exposición norte por lo que el paisaje presenta una condición seca y pedregosa con poca vegetación, mayormente pastizales y unos pocos espinos, siendo lo más cercano a civilización una empresa de áridos que quedaba al final del camino que bordea la colina, que nunca mostró demasiado trajín. Era más bien raro encontrarse con personas en los faldeos del cerro, generalmente vagabundos o “volaos” que vagaban por entre los alrededores. La caverna podía pasar desapercibida para aquellos que no conocían su existencia puesto que su entrada era una grieta de unos 45 cm de alto por 1,5 m de ancho en la base de una pared rocosa, por lo que era necesario ingresar en “punta y codo”, sin embargo, a los pocos metros de internarse, la cueva iba acogiendo al visitante de forma paulatina, hasta que en un momento era posible pararse completamente y continuar una marcha, si le podemos llamar normal durante todo el recorrido de unos 80 a 100 metros de longitud; no obstante, el camino permanecía siempre estrecho, como un pasadizo apretado en la completa oscuridad. Gotas caían regularmente desde el techo rocoso por el agua filtrada entre las entrañas del cerro, esto sumado a la estrecha abertura de la entrada creaba un ambiente pesado, donde se hacía dificultosa la respiración, situación que iba incrementándose al adentrarse hacía el corazón del macizo rocoso. La única forma de orientarse para seguir el camino del túnel serpenteante era con linternas o velas prestadas del hogar (generalmente teníamos a disposición sólo la segunda opción) e ir tanteando las paredes porosas y húmedas, que parecían ondular en patrones azarosos para transformarse y sorprendernos en cada visita. La cueva finalizaba súbitamente en una pared vertical, como si su creador hubiera abandonado repentina e inexplicablemente su tarea, la que estaba llena de escritos, nombres y saludos, incluso símbolos y alusiones satánicas, todos mensajes de gentes de otras épocas, congelados en el tiempo.
La historia popular contaba que un ser deforme y deleznable había habitado la caverna, “el cabeza de chancho”, y que acostumbraba raptar niños de los alrededores para devorarlos en sus profundidades, algunos afirmaban haber visto su espíritu aún rondar por el lugar. Sobre estas preocupaciones sobrenaturales, siempre encontrábamos cartones y harapos en la entrada de la cueva, por lo que en cada oportunidad estaba el miedo latente y real de encontrar alguien dentro que nos pudiera atacar o arrastrar hacia sus entrañas. Por lo anterior siempre íbamos en grupo, entrando con un cuchillo en la mano más diestra (también prestado de la cocina del hogar), mientras la otra sostenía una vela inserta en un cuadrado de cartón para retener la espelma y no quemarse la piel. Había que juntar mucho coraje para entrar a la cueva y más aun para ser el primero del grupo en vencer los temores y arrastrarse hacia la oscuridad. 

Javier y yo habíamos avisado en nuestras casas que realizaríamos un paseo en bicicleta sólo por la villa, ni siquiera les contamos el plan a nuestro grupo de amigos ya que sabíamos lo peligroso que era ir a la cueva de noche, y lo más probable es que nos terminarían delatando a nuestras madres y aparte de prohibirnos salir obtendríamos una reprimenda y castigo. Así, sin que nadie supiera nuestro real destino preparamos la aventura, nos conseguimos cadenas y candado para amarrar las bicicletas, fósforos y velas; yo incluso saqué la cortapluma suiza de mi papá, para protección. Desde nuestra villa nos era posible solamente llegar en bicicleta, y luego de media hora de recorrido, cruzando la carretera, llegamos a la cueva, con la adrenalina y el miedo creciendo y mezclándose en nuestros cuerpos. Cuando íbamos en grupo siempre había algunos que no se atrevían a ingresar y quedaban de vigías y cuidadores de las bicicletas, esta vez éramos sólo nosotros, por lo que amarramos las bicicletas en un árbol cerca de la empresa de áridos y entre el auge de sonidos nocturnos llegamos a la entrada de la caverna. Se veía más aterradora que nunca, la abertura ahora semejaba una boca deforme y siniestra que auguraba destinos perversos y desconocidos, y esta vez no habrían vigías que nos alertaran de peligro alguno y en caso de encontrar alguien dentro o si llegaba un visitante inesperado en medio de nuestro recorrido, sólo éramos dos niños de 10 años con velas y cortaplumas, no habría más ayuda disponible, tendríamos que valernos por nosotros mismos. 

Hicimos un sorteo y me tocó ingresar primero. Al empezar a deslizarme podía sentir los golpes que mi corazón daba en el pecho, avanzando lentamente, tratando de capturar la máxima panorámica que la exigua luz de la vela ofrecía, y respirando aceleradamente con los dientes apretados y el puño asegurando tan fuerte la cortapluma que las uñas casi se incrustaban en mi piel. Luego de arrastrarnos en un comienzo, despejar algunas telarañas y gatear por unos cuantos metros más, pudimos ponernos de pie completamente, con el silencio retumbando en nuestros oídos, solo interrumpido por el sonido de nuestra respiración, constante y pesada. Realizamos el recorrido casi en mutismo, expectantes, sólo rompiendo la tensión para alertar de alguna salida de roca en el techo o bolón inesperado en el piso de la caverna que nos pudiera hacer tropezar, además, probablemente porque era de noche, la humedad parecía ser más pesada, haciendo más trabajosa la respiración. Pasados aproximadamente 7 minutos llegamos al final de la caverna, en ese momento nos relajamos y empezamos a bromear e inculparnos mutuamente de haberse mostrado tan temeroso durante nuestra aventura, después de todo, no había sido tan terrible. Para coronar y celebrar nuestra hazaña hicimos una pequeña fogata junto a la pared del término de la caverna, con cartones y plásticos que se encontraban cerca. Después de haber inscrito nuestra marca en la pared y habernos relajado completamente leyendo los mensajes que quedaban al descubierto con la luz de las llamas, decidimos que era tiempo de marcharse ya que uno de los plásticos estaba dando demasiado humo, además se nos haría tarde, por lo que apagamos la fogata orinando sobre ella y pisando los restos, ya listos para volver. Tremenda fue nuestra inexperiencia y sorpresa, ya que el humo ponzoñoso producto de cartones viejos y plásticos se había estado desplazando espesa y furtivamente a través de la cueva, llenándola y bloqueando completamente la visibilidad. Debido a la pequeña abertura de la entrada el aire se renovaba a una tasa paupérrima y pronto el terror empezó a instalarse frenéticamente al darnos cuenta que al avanzar el humo no se hacía más ligero, sino que más denso e irrespirable. Iniciamos un regreso desesperado, a tientas, tropezando con las rocas y hundiendo los pies en las múltiples pozas de agua, entre una niebla tóxica y espesa, por lo que pronto empezamos a toser compulsivamente, los ojos ardiendo y picando, mientras tratábamos inútilmente de usar nuestras poleras ya húmedas como filtros de aire. Mi garganta parecía desgarrarse debido a la constante tos seca y mi cabeza daba giros vertiginosos debido al poco oxígeno disponible y la gran cantidad de toxinas que llegaban a mi cerebro. En un momento, Javier, que se encontraba unos pasos más atrás, ahogando una tos lacerante  y con voz desvanecida me exhaló que ya no podía continuar, que siguiera avanzando y lo dejara ahí. Mi cabeza daba tantas vueltas y sentía un pánico a la muerte tan crudo y primitivo que sólo atiné a empujarlo por el brazo y decirle que ya habíamos llegado, que podía ver la salida. Después de un par de minutos infernales, con nuestros cuerpos al borde del colapso, llegamos a la abertura que parecía una llave mágica para despertar de esa horrible pesadilla, y nos arrastramos con fervor y desesperación por entre las rocas, sin sentir las magulladuras y cortes que los guijarros dejaban, en un afán salvaje por sobrevivir. Al salir, rodamos por el suelo y nos quedamos respirando bocanadas gigantes de aire combinadas con accesos desastrosos de tos, por varios minutos, mientras lágrimas caían por la irritación de nuestros ojos, que volvían a ver las estrellas. Sólo años después le confesé a Javier mi mentira, y es que nunca pude ver salida alguna, ya que avanzaba de forma autómata, mientras que el humo no me permitía ver dos pasos delante de mí.

Aún con manos temblorosas emprendimos el camino de vuelta, sin embargo, al avanzar velozmente cerro abajo parecía que cada bocanada de aire que recibíamos nos purificaba del humo mortal y llenaba nuestro pulmones nuevamente de vida. Luego, ya al alcanzar el viejo camino de vuelta a casa, sonreímos gozosa y despreocupadamente disfrutando profundamente la velocidad, las destellantes luces del camino y el viento fresco que limpiaba nuestros rostros. Estábamos vivos y habíamos logrado encerrar la muerte venenosa y espesa en la cueva del cabeza de chancho.

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