Una tarde, mientras pasaban rápidamente las vacaciones de verano en interminables excursiones en bicicleta por Quilicura, Javier y yo nos impusimos un reto: ir a la cueva del cabeza de chancho solos, de noche y llegar hasta el final de la caverna. Puede no parecer gran cosa ahora pero teníamos alrededor de 10 años, y aunque habíamos entrado un par de veces antes, siempre lo habíamos hecho con nuestro grupo de amigos de la villa, siempre a plena luz del día.
La cueva del cabeza de chancho queda en uno de
los faldeos del cordón de cerros que une las comunas de Renca y Quilicura, en
Santiago de Chile, específicamente ubicada en una ladera con exposición norte
por lo que el paisaje presenta una condición seca y pedregosa con poca
vegetación, mayormente pastizales y unos pocos espinos, siendo lo más cercano a
civilización una empresa de áridos que quedaba al final del camino que bordea
la colina, que nunca mostró demasiado trajín. Era más bien raro encontrarse con
personas en los faldeos del cerro, generalmente vagabundos o “volaos” que
vagaban por entre los alrededores. La caverna podía pasar desapercibida para
aquellos que no conocían su existencia puesto que su entrada era una grieta de
unos 45 cm de alto por 1,5 m de ancho en la base de una pared rocosa, por lo
que era necesario ingresar en “punta y codo”, sin embargo, a los pocos metros
de internarse, la cueva iba acogiendo al visitante de forma paulatina, hasta
que en un momento era posible pararse completamente y continuar una marcha, si
le podemos llamar normal durante todo el recorrido de unos 80 a 100 metros de
longitud; no obstante, el camino permanecía siempre estrecho, como un pasadizo
apretado en la completa oscuridad. Gotas caían regularmente desde el techo
rocoso por el agua filtrada entre las entrañas del cerro, esto sumado a la
estrecha abertura de la entrada creaba un ambiente pesado, donde se hacía
dificultosa la respiración, situación que iba incrementándose al adentrarse
hacía el corazón del macizo rocoso. La única forma de orientarse para seguir el
camino del túnel serpenteante era con linternas o velas prestadas del hogar
(generalmente teníamos a disposición sólo la segunda opción) e ir tanteando las
paredes porosas y húmedas, que parecían ondular en patrones azarosos para
transformarse y sorprendernos en cada visita. La cueva finalizaba súbitamente
en una pared vertical, como si su creador hubiera abandonado repentina e
inexplicablemente su tarea, la que estaba llena de escritos, nombres y saludos,
incluso símbolos y alusiones satánicas, todos mensajes de gentes de otras
épocas, congelados en el tiempo.
La historia popular contaba que un ser deforme y
deleznable había habitado la caverna, “el cabeza de chancho”, y que
acostumbraba raptar niños de los alrededores para devorarlos en sus
profundidades, algunos afirmaban haber visto su espíritu aún rondar por el
lugar. Sobre estas preocupaciones sobrenaturales, siempre encontrábamos
cartones y harapos en la entrada de la cueva, por lo que en cada oportunidad
estaba el miedo latente y real de encontrar alguien dentro que nos pudiera
atacar o arrastrar hacia sus entrañas. Por lo anterior siempre íbamos en grupo,
entrando con un cuchillo en la mano más diestra (también prestado de la cocina
del hogar), mientras la otra sostenía una vela inserta en un cuadrado de cartón
para retener la espelma y no quemarse la piel. Había que juntar mucho coraje
para entrar a la cueva y más aun para ser el primero del grupo en vencer los
temores y arrastrarse hacia la oscuridad.
Javier y yo habíamos avisado en nuestras casas
que realizaríamos un paseo en bicicleta sólo por la villa, ni siquiera les
contamos el plan a nuestro grupo de amigos ya que sabíamos lo peligroso que era
ir a la cueva de noche, y lo más probable es que nos terminarían delatando a
nuestras madres y aparte de prohibirnos salir obtendríamos una reprimenda y
castigo. Así, sin que nadie supiera nuestro real destino preparamos la
aventura, nos conseguimos cadenas y candado para amarrar las bicicletas,
fósforos y velas; yo incluso saqué la cortapluma suiza de mi papá, para
protección. Desde nuestra villa nos era posible solamente llegar en bicicleta,
y luego de media hora de recorrido, cruzando la carretera, llegamos a la cueva,
con la adrenalina y el miedo creciendo y mezclándose en nuestros cuerpos.
Cuando íbamos en grupo siempre había algunos que no se atrevían a ingresar y
quedaban de vigías y cuidadores de las bicicletas, esta vez éramos sólo
nosotros, por lo que amarramos las bicicletas en un árbol cerca de la empresa
de áridos y entre el auge de sonidos nocturnos llegamos a la entrada de la
caverna. Se veía más aterradora que nunca, la abertura ahora semejaba una boca
deforme y siniestra que auguraba destinos perversos y desconocidos, y esta vez
no habrían vigías que nos alertaran de peligro alguno y en caso de encontrar
alguien dentro o si llegaba un visitante inesperado en medio de nuestro
recorrido, sólo éramos dos niños de 10 años con velas y cortaplumas, no habría
más ayuda disponible, tendríamos que valernos por nosotros mismos.
Hicimos un sorteo y me tocó ingresar primero. Al
empezar a deslizarme podía sentir los golpes que mi corazón daba en el pecho,
avanzando lentamente, tratando de capturar la máxima panorámica que la exigua
luz de la vela ofrecía, y respirando aceleradamente con los dientes apretados y
el puño asegurando tan fuerte la cortapluma que las uñas casi se incrustaban en
mi piel. Luego de arrastrarnos en un comienzo, despejar algunas telarañas y
gatear por unos cuantos metros más, pudimos ponernos de pie completamente, con
el silencio retumbando en nuestros oídos, solo interrumpido por el sonido de nuestra
respiración, constante y pesada. Realizamos el recorrido casi en mutismo,
expectantes, sólo rompiendo la tensión para alertar de alguna salida de roca en
el techo o bolón inesperado en el piso de la caverna que nos pudiera hacer
tropezar, además, probablemente porque era de noche, la humedad parecía ser más
pesada, haciendo más trabajosa la respiración. Pasados aproximadamente 7
minutos llegamos al final de la caverna, en ese momento nos relajamos y
empezamos a bromear e inculparnos mutuamente de haberse mostrado tan temeroso
durante nuestra aventura, después de todo, no había sido tan terrible. Para
coronar y celebrar nuestra hazaña hicimos una pequeña fogata junto a la pared
del término de la caverna, con cartones y plásticos que se encontraban cerca.
Después de haber inscrito nuestra marca en la pared y habernos relajado
completamente leyendo los mensajes que quedaban al descubierto con la luz de las llamas, decidimos que era tiempo de marcharse ya que uno de los plásticos
estaba dando demasiado humo, además se nos haría tarde, por lo que apagamos la
fogata orinando sobre ella y pisando los restos, ya listos para volver.
Tremenda fue nuestra inexperiencia y sorpresa, ya que el humo ponzoñoso
producto de cartones viejos y plásticos se había estado desplazando espesa y furtivamente
a través de la cueva, llenándola y bloqueando completamente la visibilidad.
Debido a la pequeña abertura de la entrada el aire se renovaba a una tasa
paupérrima y pronto el terror empezó a instalarse frenéticamente al darnos
cuenta que al avanzar el humo no se hacía más ligero, sino que más denso e
irrespirable. Iniciamos un regreso desesperado, a tientas, tropezando con las
rocas y hundiendo los pies en las múltiples pozas de agua, entre una niebla tóxica y
espesa, por lo que pronto empezamos a toser compulsivamente, los ojos ardiendo
y picando, mientras tratábamos inútilmente de usar nuestras poleras ya húmedas como
filtros de aire. Mi garganta parecía desgarrarse debido a la constante
tos seca y mi cabeza daba giros vertiginosos debido al poco oxígeno disponible
y la gran cantidad de toxinas que llegaban a mi cerebro. En un momento, Javier,
que se encontraba unos pasos más atrás, ahogando una tos lacerante y con voz
desvanecida me exhaló que ya no podía continuar, que siguiera avanzando y lo
dejara ahí. Mi cabeza daba tantas vueltas y sentía un pánico a la muerte tan
crudo y primitivo que sólo atiné a empujarlo por el brazo y decirle que ya
habíamos llegado, que podía ver la salida. Después de un par de minutos
infernales, con nuestros cuerpos al borde del colapso, llegamos a la abertura
que parecía una llave mágica para despertar de esa horrible pesadilla, y nos
arrastramos con fervor y desesperación por entre las rocas, sin sentir las
magulladuras y cortes que los guijarros dejaban, en un afán salvaje por
sobrevivir. Al salir, rodamos por el suelo y nos quedamos respirando bocanadas
gigantes de aire combinadas con accesos desastrosos de tos, por varios minutos,
mientras lágrimas caían por la irritación de nuestros ojos, que volvían a ver
las estrellas. Sólo años después le confesé a Javier mi mentira, y es que nunca
pude ver salida alguna, ya que avanzaba de forma autómata, mientras que el humo
no me permitía ver dos pasos delante de mí.
Aún con manos temblorosas emprendimos el camino
de vuelta, sin embargo, al avanzar velozmente cerro abajo parecía que cada
bocanada de aire que recibíamos nos purificaba del humo mortal y llenaba
nuestro pulmones nuevamente de vida. Luego, ya al alcanzar el viejo camino de
vuelta a casa, sonreímos gozosa y despreocupadamente disfrutando profundamente
la velocidad, las destellantes luces del camino y el viento fresco que limpiaba
nuestros rostros. Estábamos vivos y habíamos logrado encerrar la muerte
venenosa y espesa en la cueva del cabeza de chancho.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario