Adormecido por letargos de monumentales eras,
el imponente Valle Sur-Mediterráneo notó que le había crecido una infección en
su estómago que parecía querer extenderse desordenadamente en todas direcciones:
era gris, irregular y emitía un olor pesado a combustión; alcanzó a leer
múltiples carteles minúsculos con el nombre Santiego (o algo así) sobre ella. Las
monótonas e incesantes líneas de puntos oscuros y los pequeños y brillantes cuadrados
metálicos desplazándose ordenadamente en derredor eran inconfundibles… Entre
suspiros profundos se lamentó que nuevamente le salieran humanos. Mientras volvía a caer en sueños de lava y
hielo, pensó que la mancha gris parecía más grande y organizada esta vez,
quizás no bastaría con sacudirla, además tendría que aplicarle un poco de fuego
subterráneo y luego enjuagar con abundante agua fría, esperando terminar con la insistente peste. Decidió hacerlo a primera hora, una vez que sus espigadas columnas
cordilleranas completaran su descanso geológico.
Cuentos de todos los tamaños, extractos de novelas y anotaciones varias, por Manuel Fuego.
martes, 23 de febrero de 2016
martes, 16 de febrero de 2016
Malas enseñanzas
— No me mires así, finalmente lograste que fuera como tú —me dijo con hastío mientras se
paraba, con una frialdad natural que dejó mi angustia congelada, incrustada a
algún lugar de mi garganta. No pude nunca más verla. Nuestros detalles y
momentos ya se han borrado, como en un sueño apagado donde sólo queda una
imagen difusa que sugiere el principio de un todo; cuando creía que nada podía
tocarnos. ¿Qué más puedo decir? No me guardé nada para terminar perdiendo todo…
El mejor instructor.
viernes, 12 de febrero de 2016
En masa
Ese libro, ese estúpido libro nuevamente. En mi clase todos excitados,
los hombres comentando que fulano de tal casi cae en la trampa del villano, las
chicas delirando con que el amor de fulana con el joven héroe vencerá cualquier
obstáculo porque es puro: Já. Tengo que atravesar la mañana de espesa clase, aguardando
el bendito timbre del descanso para finalmente llegar a esto: opiniones
anodinas everywhere. Me aíslo y les
regalo mi mejor mirada de superioridad e indiferencia, nunca me ha gustado
seguir a las masas.
¡Genial! El profesor tuvo la brillante idea de aprovechar lo famoso que
está el libraco éste para que realicemos un ensayo sobre sus conflictos y leitmotiv (¿qué es eso?) para el próximo
mes. Piensa que como ya casi todos lo han leído, no nos debería tomar mucho
tiempo, además planea realizar un debate coeficiente DOS sobre qué esperamos de
la trama en el próximo tomo. ¿Pueden creer que los imbéciles de mi clase
aplaudieron? Ahora el vejete es un profe moderno, buena onda, motivador, hasta guapo lo encuentran... ¡Qué desagradable!
Me compré el infeliz libro en San Diego, como una hora para encontrarlo
usado, ni loco pagaba por uno nuevo. Menos mal que mientras contaba las
chauchas como que le caí en gracia a la señora del negocio y me hizo un precio. En la micro
miro el bestseller y me da asco como
los medios de comunicación le hacen creer a uno que cualquier tontera es buena,
interesante, trending topic, o no sé…
Ahora, mientras lo hojeaba un poco a mala gana en esta típica tarde seca de
Santiago, me pasó algo igual raro, y es que el compadre protagonista es como yo
aunque en otro contexto, no está de acuerdo con cómo se gobierna en su pueblo, se
enfrenta a la autoridad y no es lame botas, además tiene su propio estilo: no
sigue a las masas, ¿entienden? Bueno, mejor aprovecho para avanzar páginas que
el recorrido igual es largo para mi casa.
miércoles, 10 de febrero de 2016
Cabeza de Chancho
Una tarde, mientras pasaban rápidamente las vacaciones de verano en interminables excursiones en bicicleta por Quilicura, Javier y yo nos impusimos un reto: ir a la cueva del cabeza de chancho solos, de noche y llegar hasta el final de la caverna. Puede no parecer gran cosa ahora pero teníamos alrededor de 10 años, y aunque habíamos entrado un par de veces antes, siempre lo habíamos hecho con nuestro grupo de amigos de la villa, siempre a plena luz del día.
La cueva del cabeza de chancho queda en uno de
los faldeos del cordón de cerros que une las comunas de Renca y Quilicura, en
Santiago de Chile, específicamente ubicada en una ladera con exposición norte
por lo que el paisaje presenta una condición seca y pedregosa con poca
vegetación, mayormente pastizales y unos pocos espinos, siendo lo más cercano a
civilización una empresa de áridos que quedaba al final del camino que bordea
la colina, que nunca mostró demasiado trajín. Era más bien raro encontrarse con
personas en los faldeos del cerro, generalmente vagabundos o “volaos” que
vagaban por entre los alrededores. La caverna podía pasar desapercibida para
aquellos que no conocían su existencia puesto que su entrada era una grieta de
unos 45 cm de alto por 1,5 m de ancho en la base de una pared rocosa, por lo
que era necesario ingresar en “punta y codo”, sin embargo, a los pocos metros
de internarse, la cueva iba acogiendo al visitante de forma paulatina, hasta
que en un momento era posible pararse completamente y continuar una marcha, si
le podemos llamar normal durante todo el recorrido de unos 80 a 100 metros de
longitud; no obstante, el camino permanecía siempre estrecho, como un pasadizo
apretado en la completa oscuridad. Gotas caían regularmente desde el techo
rocoso por el agua filtrada entre las entrañas del cerro, esto sumado a la
estrecha abertura de la entrada creaba un ambiente pesado, donde se hacía
dificultosa la respiración, situación que iba incrementándose al adentrarse
hacía el corazón del macizo rocoso. La única forma de orientarse para seguir el
camino del túnel serpenteante era con linternas o velas prestadas del hogar
(generalmente teníamos a disposición sólo la segunda opción) e ir tanteando las
paredes porosas y húmedas, que parecían ondular en patrones azarosos para
transformarse y sorprendernos en cada visita. La cueva finalizaba súbitamente
en una pared vertical, como si su creador hubiera abandonado repentina e
inexplicablemente su tarea, la que estaba llena de escritos, nombres y saludos,
incluso símbolos y alusiones satánicas, todos mensajes de gentes de otras
épocas, congelados en el tiempo.
La historia popular contaba que un ser deforme y
deleznable había habitado la caverna, “el cabeza de chancho”, y que
acostumbraba raptar niños de los alrededores para devorarlos en sus
profundidades, algunos afirmaban haber visto su espíritu aún rondar por el
lugar. Sobre estas preocupaciones sobrenaturales, siempre encontrábamos
cartones y harapos en la entrada de la cueva, por lo que en cada oportunidad
estaba el miedo latente y real de encontrar alguien dentro que nos pudiera
atacar o arrastrar hacia sus entrañas. Por lo anterior siempre íbamos en grupo,
entrando con un cuchillo en la mano más diestra (también prestado de la cocina
del hogar), mientras la otra sostenía una vela inserta en un cuadrado de cartón
para retener la espelma y no quemarse la piel. Había que juntar mucho coraje
para entrar a la cueva y más aun para ser el primero del grupo en vencer los
temores y arrastrarse hacia la oscuridad.
Javier y yo habíamos avisado en nuestras casas
que realizaríamos un paseo en bicicleta sólo por la villa, ni siquiera les
contamos el plan a nuestro grupo de amigos ya que sabíamos lo peligroso que era
ir a la cueva de noche, y lo más probable es que nos terminarían delatando a
nuestras madres y aparte de prohibirnos salir obtendríamos una reprimenda y
castigo. Así, sin que nadie supiera nuestro real destino preparamos la
aventura, nos conseguimos cadenas y candado para amarrar las bicicletas,
fósforos y velas; yo incluso saqué la cortapluma suiza de mi papá, para
protección. Desde nuestra villa nos era posible solamente llegar en bicicleta,
y luego de media hora de recorrido, cruzando la carretera, llegamos a la cueva,
con la adrenalina y el miedo creciendo y mezclándose en nuestros cuerpos.
Cuando íbamos en grupo siempre había algunos que no se atrevían a ingresar y
quedaban de vigías y cuidadores de las bicicletas, esta vez éramos sólo
nosotros, por lo que amarramos las bicicletas en un árbol cerca de la empresa
de áridos y entre el auge de sonidos nocturnos llegamos a la entrada de la
caverna. Se veía más aterradora que nunca, la abertura ahora semejaba una boca
deforme y siniestra que auguraba destinos perversos y desconocidos, y esta vez
no habrían vigías que nos alertaran de peligro alguno y en caso de encontrar
alguien dentro o si llegaba un visitante inesperado en medio de nuestro
recorrido, sólo éramos dos niños de 10 años con velas y cortaplumas, no habría
más ayuda disponible, tendríamos que valernos por nosotros mismos.
Hicimos un sorteo y me tocó ingresar primero. Al
empezar a deslizarme podía sentir los golpes que mi corazón daba en el pecho,
avanzando lentamente, tratando de capturar la máxima panorámica que la exigua
luz de la vela ofrecía, y respirando aceleradamente con los dientes apretados y
el puño asegurando tan fuerte la cortapluma que las uñas casi se incrustaban en
mi piel. Luego de arrastrarnos en un comienzo, despejar algunas telarañas y
gatear por unos cuantos metros más, pudimos ponernos de pie completamente, con
el silencio retumbando en nuestros oídos, solo interrumpido por el sonido de nuestra
respiración, constante y pesada. Realizamos el recorrido casi en mutismo,
expectantes, sólo rompiendo la tensión para alertar de alguna salida de roca en
el techo o bolón inesperado en el piso de la caverna que nos pudiera hacer
tropezar, además, probablemente porque era de noche, la humedad parecía ser más
pesada, haciendo más trabajosa la respiración. Pasados aproximadamente 7
minutos llegamos al final de la caverna, en ese momento nos relajamos y
empezamos a bromear e inculparnos mutuamente de haberse mostrado tan temeroso
durante nuestra aventura, después de todo, no había sido tan terrible. Para
coronar y celebrar nuestra hazaña hicimos una pequeña fogata junto a la pared
del término de la caverna, con cartones y plásticos que se encontraban cerca.
Después de haber inscrito nuestra marca en la pared y habernos relajado
completamente leyendo los mensajes que quedaban al descubierto con la luz de las llamas, decidimos que era tiempo de marcharse ya que uno de los plásticos
estaba dando demasiado humo, además se nos haría tarde, por lo que apagamos la
fogata orinando sobre ella y pisando los restos, ya listos para volver.
Tremenda fue nuestra inexperiencia y sorpresa, ya que el humo ponzoñoso
producto de cartones viejos y plásticos se había estado desplazando espesa y furtivamente
a través de la cueva, llenándola y bloqueando completamente la visibilidad.
Debido a la pequeña abertura de la entrada el aire se renovaba a una tasa
paupérrima y pronto el terror empezó a instalarse frenéticamente al darnos
cuenta que al avanzar el humo no se hacía más ligero, sino que más denso e
irrespirable. Iniciamos un regreso desesperado, a tientas, tropezando con las
rocas y hundiendo los pies en las múltiples pozas de agua, entre una niebla tóxica y
espesa, por lo que pronto empezamos a toser compulsivamente, los ojos ardiendo
y picando, mientras tratábamos inútilmente de usar nuestras poleras ya húmedas como
filtros de aire. Mi garganta parecía desgarrarse debido a la constante
tos seca y mi cabeza daba giros vertiginosos debido al poco oxígeno disponible
y la gran cantidad de toxinas que llegaban a mi cerebro. En un momento, Javier,
que se encontraba unos pasos más atrás, ahogando una tos lacerante y con voz
desvanecida me exhaló que ya no podía continuar, que siguiera avanzando y lo
dejara ahí. Mi cabeza daba tantas vueltas y sentía un pánico a la muerte tan
crudo y primitivo que sólo atiné a empujarlo por el brazo y decirle que ya
habíamos llegado, que podía ver la salida. Después de un par de minutos
infernales, con nuestros cuerpos al borde del colapso, llegamos a la abertura
que parecía una llave mágica para despertar de esa horrible pesadilla, y nos
arrastramos con fervor y desesperación por entre las rocas, sin sentir las
magulladuras y cortes que los guijarros dejaban, en un afán salvaje por
sobrevivir. Al salir, rodamos por el suelo y nos quedamos respirando bocanadas
gigantes de aire combinadas con accesos desastrosos de tos, por varios minutos,
mientras lágrimas caían por la irritación de nuestros ojos, que volvían a ver
las estrellas. Sólo años después le confesé a Javier mi mentira, y es que nunca
pude ver salida alguna, ya que avanzaba de forma autómata, mientras que el humo
no me permitía ver dos pasos delante de mí.
Aún con manos temblorosas emprendimos el camino
de vuelta, sin embargo, al avanzar velozmente cerro abajo parecía que cada
bocanada de aire que recibíamos nos purificaba del humo mortal y llenaba
nuestro pulmones nuevamente de vida. Luego, ya al alcanzar el viejo camino de
vuelta a casa, sonreímos gozosa y despreocupadamente disfrutando profundamente
la velocidad, las destellantes luces del camino y el viento fresco que limpiaba
nuestros rostros. Estábamos vivos y habíamos logrado encerrar la muerte
venenosa y espesa en la cueva del cabeza de chancho.
lunes, 8 de febrero de 2016
Tita
Me despertó mi hermana, casi ahogada entre llantos diciendo que Tita se estaba yendo. En un segundo devoré la escalera y me senté a su lado, en mi cabeza se destruían ciudades. Me miró una última vez con sus ojos verdes oscuros, siempre los encontré tan bellos, como un paisaje puro sureño. "Cómprate un bosque y piérdete" siempre me decía riendo; con gusto me perdería ahora en la profundidad de sus ojos. Fuertes temblores empezaron a sacudir su débil cuerpo, los que fueron disminuyendo a medida que sus palabras se desarticulaban en un murmullo constante de amores infinitos... hasta que sus ojos quedaron fijos, quizás observando el lugar por donde su vida escapó de ese cuarto. Le grité que volviera, que todavía había tiempo, pero ya había sufrido demasiado, incluso para mi amor egoísta. Un segundo después las palabras se destruyeron en mi garganta y mi voz herida pareció retraerse en un túnel solitario, dejando una estela de oscuros sonidos guturales en reemplazo, mientras me perdía en un remolino de náuseas, ahogo y desesperación, que mis manos agarradas firmes a la cama no pudieron evitar. Lo que quedó de mí salió al jardín, respirando hilos de aire espeso, mientras que mis sentidos embotados me señalaban lamentos familiares lejanos, que no logré distinguir. Así me quedé durante un tiempo sin cuenta, mirando al vacío que dejó esa noche.
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