martes, 23 de febrero de 2016

Plaga





Adormecido por letargos de monumentales eras, el imponente Valle Sur-Mediterráneo notó que le había crecido una infección en su estómago que parecía querer extenderse desordenadamente en todas direcciones: era gris, irregular y emitía un olor pesado a combustión; alcanzó a leer múltiples carteles minúsculos con el nombre Santiego (o algo así) sobre ella. Las monótonas e incesantes líneas de puntos oscuros y los pequeños y brillantes cuadrados metálicos desplazándose ordenadamente en derredor eran inconfundibles… Entre suspiros profundos se lamentó que nuevamente le salieran humanos.  Mientras volvía a caer en sueños de lava y hielo, pensó que la mancha gris parecía más grande y organizada esta vez, quizás no bastaría con sacudirla, además tendría que aplicarle un poco de fuego subterráneo y luego enjuagar con abundante agua fría, esperando terminar con la insistente peste. Decidió hacerlo a primera hora, una vez que sus espigadas columnas cordilleranas completaran su descanso geológico.

martes, 16 de febrero de 2016

Malas enseñanzas




— No me mires así, finalmente lograste que fuera como tú me dijo con hastío mientras se paraba, con una frialdad natural que dejó mi angustia congelada, incrustada a algún lugar de mi garganta. No pude nunca más verla. Nuestros detalles y momentos ya se han borrado, como en un sueño apagado donde sólo queda una imagen difusa que sugiere el principio de un todo; cuando creía que nada podía tocarnos. ¿Qué más puedo decir? No me guardé nada para terminar perdiendo todo… El mejor instructor.

viernes, 12 de febrero de 2016

En masa




Ese libro, ese estúpido libro nuevamente. En mi clase todos excitados, los hombres comentando que fulano de tal casi cae en la trampa del villano, las chicas delirando con que el amor de fulana con el joven héroe vencerá cualquier obstáculo porque es puro: Já. Tengo que atravesar la mañana de espesa clase, aguardando el bendito timbre del descanso para finalmente llegar a esto: opiniones anodinas everywhere. Me aíslo y les regalo mi mejor mirada de superioridad e indiferencia, nunca me ha gustado seguir a las masas.

¡Genial! El profesor tuvo la brillante idea de aprovechar lo famoso que está el libraco éste para que realicemos un ensayo sobre sus conflictos y leitmotiv (¿qué es eso?) para el próximo mes. Piensa que como ya casi todos lo han leído, no nos debería tomar mucho tiempo, además planea realizar un debate coeficiente DOS sobre qué esperamos de la trama en el próximo tomo. ¿Pueden creer que los imbéciles de mi clase aplaudieron? Ahora el vejete es un profe moderno, buena onda, motivador, hasta guapo lo encuentran... ¡Qué desagradable!

Me compré el infeliz libro en San Diego, como una hora para encontrarlo usado, ni loco pagaba por uno nuevo. Menos mal que mientras contaba las chauchas como que le caí en gracia a la señora del negocio y me hizo un precio. En la micro miro el bestseller y me da asco como los medios de comunicación le hacen creer a uno que cualquier tontera es buena, interesante, trending topic, o no sé… Ahora, mientras lo hojeaba un poco a mala gana en esta típica tarde seca de Santiago, me pasó algo igual raro, y es que el compadre protagonista es como yo aunque en otro contexto, no está de acuerdo con cómo se gobierna en su pueblo, se enfrenta a la autoridad y no es lame botas, además tiene su propio estilo: no sigue a las masas, ¿entienden? Bueno, mejor aprovecho para avanzar páginas que el recorrido igual es largo para mi casa.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Cabeza de Chancho




Una tarde, mientras pasaban rápidamente las vacaciones de verano en interminables excursiones en bicicleta por Quilicura, Javier y yo nos impusimos un reto: ir a la cueva del cabeza de chancho solos, de noche y llegar hasta el final de la caverna. Puede no parecer gran cosa ahora pero teníamos alrededor de 10 años, y aunque habíamos entrado un par de veces antes, siempre lo habíamos hecho con nuestro grupo de amigos de la villa, siempre a plena luz del día.

La cueva del cabeza de chancho queda en uno de los faldeos del cordón de cerros que une las comunas de Renca y Quilicura, en Santiago de Chile, específicamente ubicada en una ladera con exposición norte por lo que el paisaje presenta una condición seca y pedregosa con poca vegetación, mayormente pastizales y unos pocos espinos, siendo lo más cercano a civilización una empresa de áridos que quedaba al final del camino que bordea la colina, que nunca mostró demasiado trajín. Era más bien raro encontrarse con personas en los faldeos del cerro, generalmente vagabundos o “volaos” que vagaban por entre los alrededores. La caverna podía pasar desapercibida para aquellos que no conocían su existencia puesto que su entrada era una grieta de unos 45 cm de alto por 1,5 m de ancho en la base de una pared rocosa, por lo que era necesario ingresar en “punta y codo”, sin embargo, a los pocos metros de internarse, la cueva iba acogiendo al visitante de forma paulatina, hasta que en un momento era posible pararse completamente y continuar una marcha, si le podemos llamar normal durante todo el recorrido de unos 80 a 100 metros de longitud; no obstante, el camino permanecía siempre estrecho, como un pasadizo apretado en la completa oscuridad. Gotas caían regularmente desde el techo rocoso por el agua filtrada entre las entrañas del cerro, esto sumado a la estrecha abertura de la entrada creaba un ambiente pesado, donde se hacía dificultosa la respiración, situación que iba incrementándose al adentrarse hacía el corazón del macizo rocoso. La única forma de orientarse para seguir el camino del túnel serpenteante era con linternas o velas prestadas del hogar (generalmente teníamos a disposición sólo la segunda opción) e ir tanteando las paredes porosas y húmedas, que parecían ondular en patrones azarosos para transformarse y sorprendernos en cada visita. La cueva finalizaba súbitamente en una pared vertical, como si su creador hubiera abandonado repentina e inexplicablemente su tarea, la que estaba llena de escritos, nombres y saludos, incluso símbolos y alusiones satánicas, todos mensajes de gentes de otras épocas, congelados en el tiempo.
La historia popular contaba que un ser deforme y deleznable había habitado la caverna, “el cabeza de chancho”, y que acostumbraba raptar niños de los alrededores para devorarlos en sus profundidades, algunos afirmaban haber visto su espíritu aún rondar por el lugar. Sobre estas preocupaciones sobrenaturales, siempre encontrábamos cartones y harapos en la entrada de la cueva, por lo que en cada oportunidad estaba el miedo latente y real de encontrar alguien dentro que nos pudiera atacar o arrastrar hacia sus entrañas. Por lo anterior siempre íbamos en grupo, entrando con un cuchillo en la mano más diestra (también prestado de la cocina del hogar), mientras la otra sostenía una vela inserta en un cuadrado de cartón para retener la espelma y no quemarse la piel. Había que juntar mucho coraje para entrar a la cueva y más aun para ser el primero del grupo en vencer los temores y arrastrarse hacia la oscuridad. 

Javier y yo habíamos avisado en nuestras casas que realizaríamos un paseo en bicicleta sólo por la villa, ni siquiera les contamos el plan a nuestro grupo de amigos ya que sabíamos lo peligroso que era ir a la cueva de noche, y lo más probable es que nos terminarían delatando a nuestras madres y aparte de prohibirnos salir obtendríamos una reprimenda y castigo. Así, sin que nadie supiera nuestro real destino preparamos la aventura, nos conseguimos cadenas y candado para amarrar las bicicletas, fósforos y velas; yo incluso saqué la cortapluma suiza de mi papá, para protección. Desde nuestra villa nos era posible solamente llegar en bicicleta, y luego de media hora de recorrido, cruzando la carretera, llegamos a la cueva, con la adrenalina y el miedo creciendo y mezclándose en nuestros cuerpos. Cuando íbamos en grupo siempre había algunos que no se atrevían a ingresar y quedaban de vigías y cuidadores de las bicicletas, esta vez éramos sólo nosotros, por lo que amarramos las bicicletas en un árbol cerca de la empresa de áridos y entre el auge de sonidos nocturnos llegamos a la entrada de la caverna. Se veía más aterradora que nunca, la abertura ahora semejaba una boca deforme y siniestra que auguraba destinos perversos y desconocidos, y esta vez no habrían vigías que nos alertaran de peligro alguno y en caso de encontrar alguien dentro o si llegaba un visitante inesperado en medio de nuestro recorrido, sólo éramos dos niños de 10 años con velas y cortaplumas, no habría más ayuda disponible, tendríamos que valernos por nosotros mismos. 

Hicimos un sorteo y me tocó ingresar primero. Al empezar a deslizarme podía sentir los golpes que mi corazón daba en el pecho, avanzando lentamente, tratando de capturar la máxima panorámica que la exigua luz de la vela ofrecía, y respirando aceleradamente con los dientes apretados y el puño asegurando tan fuerte la cortapluma que las uñas casi se incrustaban en mi piel. Luego de arrastrarnos en un comienzo, despejar algunas telarañas y gatear por unos cuantos metros más, pudimos ponernos de pie completamente, con el silencio retumbando en nuestros oídos, solo interrumpido por el sonido de nuestra respiración, constante y pesada. Realizamos el recorrido casi en mutismo, expectantes, sólo rompiendo la tensión para alertar de alguna salida de roca en el techo o bolón inesperado en el piso de la caverna que nos pudiera hacer tropezar, además, probablemente porque era de noche, la humedad parecía ser más pesada, haciendo más trabajosa la respiración. Pasados aproximadamente 7 minutos llegamos al final de la caverna, en ese momento nos relajamos y empezamos a bromear e inculparnos mutuamente de haberse mostrado tan temeroso durante nuestra aventura, después de todo, no había sido tan terrible. Para coronar y celebrar nuestra hazaña hicimos una pequeña fogata junto a la pared del término de la caverna, con cartones y plásticos que se encontraban cerca. Después de haber inscrito nuestra marca en la pared y habernos relajado completamente leyendo los mensajes que quedaban al descubierto con la luz de las llamas, decidimos que era tiempo de marcharse ya que uno de los plásticos estaba dando demasiado humo, además se nos haría tarde, por lo que apagamos la fogata orinando sobre ella y pisando los restos, ya listos para volver. Tremenda fue nuestra inexperiencia y sorpresa, ya que el humo ponzoñoso producto de cartones viejos y plásticos se había estado desplazando espesa y furtivamente a través de la cueva, llenándola y bloqueando completamente la visibilidad. Debido a la pequeña abertura de la entrada el aire se renovaba a una tasa paupérrima y pronto el terror empezó a instalarse frenéticamente al darnos cuenta que al avanzar el humo no se hacía más ligero, sino que más denso e irrespirable. Iniciamos un regreso desesperado, a tientas, tropezando con las rocas y hundiendo los pies en las múltiples pozas de agua, entre una niebla tóxica y espesa, por lo que pronto empezamos a toser compulsivamente, los ojos ardiendo y picando, mientras tratábamos inútilmente de usar nuestras poleras ya húmedas como filtros de aire. Mi garganta parecía desgarrarse debido a la constante tos seca y mi cabeza daba giros vertiginosos debido al poco oxígeno disponible y la gran cantidad de toxinas que llegaban a mi cerebro. En un momento, Javier, que se encontraba unos pasos más atrás, ahogando una tos lacerante  y con voz desvanecida me exhaló que ya no podía continuar, que siguiera avanzando y lo dejara ahí. Mi cabeza daba tantas vueltas y sentía un pánico a la muerte tan crudo y primitivo que sólo atiné a empujarlo por el brazo y decirle que ya habíamos llegado, que podía ver la salida. Después de un par de minutos infernales, con nuestros cuerpos al borde del colapso, llegamos a la abertura que parecía una llave mágica para despertar de esa horrible pesadilla, y nos arrastramos con fervor y desesperación por entre las rocas, sin sentir las magulladuras y cortes que los guijarros dejaban, en un afán salvaje por sobrevivir. Al salir, rodamos por el suelo y nos quedamos respirando bocanadas gigantes de aire combinadas con accesos desastrosos de tos, por varios minutos, mientras lágrimas caían por la irritación de nuestros ojos, que volvían a ver las estrellas. Sólo años después le confesé a Javier mi mentira, y es que nunca pude ver salida alguna, ya que avanzaba de forma autómata, mientras que el humo no me permitía ver dos pasos delante de mí.

Aún con manos temblorosas emprendimos el camino de vuelta, sin embargo, al avanzar velozmente cerro abajo parecía que cada bocanada de aire que recibíamos nos purificaba del humo mortal y llenaba nuestro pulmones nuevamente de vida. Luego, ya al alcanzar el viejo camino de vuelta a casa, sonreímos gozosa y despreocupadamente disfrutando profundamente la velocidad, las destellantes luces del camino y el viento fresco que limpiaba nuestros rostros. Estábamos vivos y habíamos logrado encerrar la muerte venenosa y espesa en la cueva del cabeza de chancho.

lunes, 8 de febrero de 2016

Tita


Me despertó mi hermana, casi ahogada entre llantos diciendo que Tita se estaba yendo. En un segundo devoré la escalera y me senté a su lado, en mi cabeza se destruían ciudades. Me miró una última vez con sus ojos verdes oscuros, siempre los encontré tan bellos, como un paisaje puro sureño. "Cómprate un bosque y piérdete" siempre me decía riendo; con gusto me perdería ahora en la profundidad de sus ojos. Fuertes temblores empezaron a sacudir su débil cuerpo, los que fueron disminuyendo a medida que sus palabras se desarticulaban en un murmullo constante de amores infinitos... hasta que sus ojos quedaron fijos, quizás observando el lugar por donde su vida escapó de ese cuarto. Le grité que volviera, que todavía había tiempo, pero ya había sufrido demasiado, incluso para mi amor egoísta. Un segundo después las palabras se destruyeron en mi garganta y mi voz herida pareció retraerse en un túnel solitario, dejando una estela de oscuros sonidos guturales en reemplazo, mientras me perdía en un remolino de náuseas, ahogo y desesperación, que mis manos agarradas firmes a la cama no pudieron evitar. Lo que quedó de mí salió al jardín, respirando hilos de aire espeso, mientras que mis sentidos embotados me señalaban lamentos familiares lejanos, que no logré distinguir. Así me quedé durante un tiempo sin cuenta, mirando al vacío que dejó esa noche.